Manos

Esta entrada tan bonita de Bárbara me ha hecho ponerme a pensar en qué manos han dejado alguna impresión parecida en mi, y he decidido que son las de mi padre, aunque justo por lo contrario que las de su abuela.

De hecho, creo que puede valer la pena contar algo sobre ellas, y una pequeña anécdota.

Las manos de mi padre me parecían increíbles cuando era  pequeño. Anchas, aunque no especialmente grandes, con unos dedos muy gruesos, pero proporcionados, y unas uñas anchas y muy duras. Me daban una sensación de fuerza enorme, y aun hoy me siguen impresionando.

Creo que lo primero en que me fijé de ellas fue en la piel tan gruesa que tenían, lo cual se podía ver claramente en las articulaciones de los dedos. Eran ásperas, con surcos muy profundos, alguna cicatriz y casi siempre tenían restos de pintura, cemento o grasa muy difíciles de quitar, lo que le valía muchas broncas de mi madre, por cierto.

A veces me llevaba a trabajar con él. Yo iba a regañadientes y sólo cuando no me quedaba más remedio, sobre todo porque sabía que cuando tenía que recurrir a mí era por tratarse de trabajos pesados. Típicamente era mover muñicos (capazos) de arena o escombros, a mano, con la pala, con una roldana o con un maquinillo (en las casas en las que era posible instalarlo).

Mi padre solía comprar arena a un señor que la transportaba con una carroceta. Una vez lo llamó para cargar con ella un enorme montón de escombros que habíamos estado acumulando durante semanas en el patio trasero de un edificio. El hombre se compadeció al verme palear de forma tan torpe mientras él esperaba, y se puso a ayudarnos. A mi me habían salido ampollas, así que salió el tema de mis estudios y que más me valía estudiar que dedicarme a trabajos tan duros.

No tenía que insistir. Yo nunca tuve problemas con los estudios, pero si alguna vez hubiera tenido dudas sobre si valía la pena estudiar, estas sesiones de trabajo habrían sido más que suficientes para quitármelas de la cabeza.

La conversación entre él y mi padre continuó mientras paleábamos hasta llegar al tema de las mujeres en la construcción. En ese momento, mi padre lo zanjó con esta frase:

Unha muller non pode traballar na obra. Ten que ter as maos suaves pra acariñar un meniño.*

La frase me sorprendió, y no volví a pensar en ella hasta un tiempo despúes, cuando me volví a fijar en sus manos. Desde entonces la tengo grabada.

 

* Una mujer no debe trabajar en la obra. Debe tener las manos suaves, para acariciar un niño.

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