Lo que leo

Cuando era pequeño, incluso antes de saber leer, me fascinaban los tebeos. Recuerdo una temporada que pasó un primo en casa, y cómo yo lo machacaba una y otra vez para que me leyese un par de tebeos de Mortadelo y Filemón que él tenía.

Ya cuando aprendí a leer, mi primer contacto con la lectura fue con los mismos tebeos. Poco a poco iba haciendo una colección con algunos de los que me regalaban mis padres o familiares, muy de vez en cuando. Eran los Mortadelo y Filemón, Mortadelo especial, Zipi y Zape, Superhumor, Don Miki… mi primo incluso me acabó regalando los tebeos que me leía, que acabaron destrozados de tanto uso y todavía deben andar por casa:  Los inventos del profesor Bacterio y El otro yo del profesor Bacterio. Los leía todos una y otra vez.

También fui teniendo algunos libros infantiles, de esos para practicar la lectura,  con dibujos y letras enormes, aunque yo leía muy bien desde el principio. Luego algunos de la colección barco de vapor, primero los blancos y luego los  azules, naranjas y rojos, por orden de edad. También un par de los de Elige tu propia aventura, esos de “si quieres entrar en la habitación pasa a la página <X>, si no, sigue leyendo”. Después de leerme uno del tirón y no entender nada, tuve que investigar un poco más cómo funcionaban…

Todos iban entrando en mi obsesivo ciclo de lectura. Mis dos mejores piezas durante mucho tiempo fueron 20000 leguas de viaje submarino y La vuelta al mundo en 80 días. No sé cuántas veces habré leído el primero. Mi favorito de toda aquella época.

Sin embargo, siempre me sabían a demasiado poco. En las librerías o puestos donde veia tebeos me moría de ganas de tener más. Tener un Asterix o un Tintín era como un sueño  pero, por alguna razón que nunca entenderé, en mi casa no le daban importancia. Si ya debe ser raro que a un niño le guste la lectura, más raro debe serlo (y hasta diría que trágico) que eso ocurra en una casa en la que no se lee mucho. Tampoco ayudaba mucho esa idea de que los tebeos son algo pueril.

Pasó algún tiempo e hicieron una bibilioteca en el colegio. ¿Adivináis quién se presentó voluntario para hacer de bibliotecario en el recreo, un par de días a la semana? Mi lista de libros leidos no cabía en la hoja, pero también los obtenía de otras fuentes; la mayoría clásicos de aventuras y libros infantiles. Mi prima me prestó El señor de los anillos un verano, creo que en séptimo de EGB, y algunas partes me parecieron un tostonazo, pero aun así me calcé las 1100 páginas. También, aunque  suene a frase de presentación para una reunión de Lectores Anónimos, confieso que hasta me acabé leyendo unas cuantas veces la serie de Santa Clara, de Enid Blyton, que tenía mi hermana.  Eso fue caer bastante bajo, pero todo tiene cosas positivas, ¿cuántos niños de mi edad sabían lo que es el Lacrosse?

Al entrar en el instituto empezaron los años oscuros. Leía los libros que nos mandaban en clase; algunos autenticamente infumables y que solo se entiende que leyeramos por ser el autor pariente del profesor de turno.  También leía algún otro, esporádicamente, pero el virus de la lectura pasó a estado latente hasta bien entrada la universidad, por lo menos en lo que se refiere a novelas.

Hasta que, cierto día, se me ocurrió coger Crónicas Marcianas en la biblioteca pública. El programa de Sardá estaba en pleno apogeo y además me acordaba de una serie que vi alguna vez de pequeño (y me daba miedo).

Gloriosa.

Para cuando dejé la universidad ya había picoteado en varias secciones de la biblioteca, como la de novela policíaca o de aventuras, pero me centré sobre todo en la sección de ciencia ficción, empezando por todo lo que había de Bradbury (que más bien es fantasía) y los clásicos del género: Asimov, Clarke y Heinlein. No fue muy difícil, porque la sección no era demasiado grande y leía a un ritmo de dos libros cada quince días. Lo podía conseguir sin problemas simplemente en el tiempo que pasaba en el autobús, y me duele que ese descubrimiento no hubiese ocurrido antes. Cuántos años perdidos mirando la ría por la ventanilla, cuando podría haber estado en algúna otra época del futuro, o quizás otro planeta, o resolviendo crímenes…

Además, ¿por qué a nadie se le ocurrió en su momento sugerirme que fuese a la biblioteca infantil, llena de tebeos? Habría sido el paraíso.

Desde entonces mi ritmo de lectura ha tenido altibajos, pero no lo he vuelto a dejar y procuraré que no me vuelva a pasar, por todos los medios. Me gustan todos los géneros, pero hay tantos libros por leer y tan poco tiempo, que por el momento me sigo centrando en los que he comprobado que casi nunca me fallan: los de ciencia ficción o fantasía. Además, desde que vivo en Madrid y gracias a un compañero, he redescubierto los tebeos, en su versión un poco más madura: las novelas gráficas.

¿Crees que no son una lectura de provecho para un niño? pues comprueba la diferencia en vocabulario y faltas de ortografía de un niño que lea tebeos y otro que no lea.  Por ejemplo, supe por primera vez lo que era un electrodo en el especial de Don Miki del mundial de España 82. Lo más curioso es cuando descubres que no eres el único al que le ha pasado eso.

¿Crees que sólo son para niños? Pues échale un vistazo a Maus

En vista de mis experiencias, aconsejaría a cualquier padre que si ve a su hijo leyendo se asegure de que jamás le falten cosas nuevas que leer. Lo que sea que le guste, da igual. Si se mantiene el hábito, se puede empezar leyendo a las Witch y llegar a los clásicos de la literatura. Todo es cuestión de tiempo y no dejar de leer.

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6 respuestas a Lo que leo

  1. Plutarco dijo:

    Veo que ambos pertenecemos a la generación Bruguera, aquella editorial que cada miércoles sacaba sus nuevos “mortadelos”, “ddts”, “truenos” y “jabatos”. Ha sido bonito leer este artículo y recordar aquellos pasajes de mi infancia. A las lecturas que has mencionado, añadiría la colección Dumbo y las novelas en forma de comics de Joyas Literarias, que conservo encuadernadas, y que me introdujeron a libros que luego leí en su formato original.

    Con mi hijos he seguido esa estrategia que comentas, y nunca falta material que dejo a su vista. Con mi hijo he tenido éxito, mi hija adolescente está siendo más reacia a la lectura, pero hoy, por ejemplo, me ha pedido El niño del pijama a rayas.

  2. Manu dijo:

    Pues sí, de Bruguera y luego de ediciones B. Los Don Miki creo que eran de Montena.

    Soy uno de los subproductos de los 80 B-)

  3. barbaravb dijo:

    Cuando leo cosas como este post, me doy cuenta de la suerte que tengo por haber nacido en una familia de libreros. Para mí era de lo más normal ver a mis padres leyendo, en mi casa siempre ha habido libros, y bastaba con que yo señalase uno en la librería para que me lo comprasen, aparte de los que nos mandaba de vez en cuando el mayorista de mi abuela. La única restricción que me ponían era que tenían que ser versiones completas, nada de adaptaciones para niños.
    También tuve mi etapa de tebeos, aunque los de Mortadelo y Filemón no me interesaban demasiado. Mis favoritos eran Tintín, Asterix, y El teniente Blueberry. Y también me pasé a la fantasía, cuando a los 8 años mi padre me dió a leer El hobbit, y acto seguido El Señor de los Anillos. No he parado desde entonces, y no pienso hacerlo nunca.

    Por cierto, yo también descubrí así lo que es el lacrosse.

  4. Plutarco dijo:

    Coincido plenamente con los álbumes favoritos tuyos, barbarav. Todavía me acuerdo de “La mina del alemán perdido” y “El fantasma de las balas de oro” del Teniente Blueberry, la riqueza de los dibujos y del diálogo.

    Yo con Asterix, aprendí bastante latín de aquellos locos romanos…O tempora, o mores aparecía con bastante freciencia.

    Maus, el cómic que menciona Manu, ha sido galardonado con el premio Pulitzer. Me lo leí de una sentada escuchando música en la Fnac de Callao.

  5. barbaravb dijo:

    ¿Verdad que Blueberry tenía unos títulos fantásticos?
    Nunca entendí que a mis compañeros de clase no les interesase. ¿Quién se podría resistir a un cómic con un título como Balada por un ataud?

    No conozco Maus, en realidad no he vuelto a leer cómics desde los 12 ó 14 años. Otro que me gustaba mucho era Valerián, agente espacio-temporal, pero claro, en esa época ya había iniciado mi etapa c-f.

  6. Manu dijo:

    Qué envidia…

    Y pensaba que nada podía superar la anécdota del electrodo, pero lo del Lacrosse tampoco está mal 🙂

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