Historia del futuro I

He terminado de leer la primera parte de esta recopilación de relatos de Robert A. Heinlein y no me ha decepcionado. Sin embargo, me temo que de momento me quedaré con las ganas de leer la segunda, porque no he podido encontrarla todavía en ninguna de las librerías que suelo visitar.

El título hace referencia a que todos los relatos siguen una línea temporal coherente. Si en uno se cuenta el desarrollo de cierta tecnología, en los relatos que tienen lugar en una época posterior esa tecnología también está disponible, ya sea el combustible atómico para los cohetes o las carreteras rodantes (al estilo de las cintas de correr de los gimnasios).

Heinlein no intenta hacer de profeta, sino simplemente situar sus relatos en un universo coherente, cuya historia está escrita de antemano y es conocida por él, con la particularidad de que todos los avances tecnológicos y descubrimientos científicos registrados en esa historia son rigurosamente posibles. Al menos según lo que estado de la ciencia en los años 40 permitía imaginar a Heinlein.

Las historias que más me han gustado son las de la colonización de otros planetas, en particular la titulada El hombre que vendió la Luna. Con el estilo particular de Heinlein, ágil y directo, cuenta la historia de cómo un emprendedor decidió que ya era hora de que el hombre llegase a la Luna. Como suele hacer Heinlein en sus historias, para el protagonista no todo es tan sencillo como hacer una nave y viajar, sino que es necesario primero conseguir dinero, permiso de los políticos o contratar a la gente necesaria para que la empresa sea posible. Podríamos llamar a esto política-ficción o economía-ficción, y todo está muy presente en lo que he leído de Heinlein, incluido este relato. Aquí el protagonista actúa movido por su ilusión, pero también por su ambición. Es capaz de empeñar todo lo que tiene con tal de conseguir su objetivo, pero lo hace confiando que el beneficio le compensará, tanto emocional como económicamente. El problema es que a sus socios el factor emocional no les preocupa, y como los viajes a la Luna son demasiado peligrosos consiguen atarlo a la Tierra hasta que su inversión está asegurada, chafando así el sueño del protagonista.

En un relato posterior, el protagonista de El hombre que vendió la Luna, ya anciano, consigue hacer realidad su sueño a costa de saltarse las normas que le prohiben viajar, esta vez debido a su debilidad física. Para entonces la Luna ya está siendo colonizada. La capital, Luna City, crece en túneles bajo la superficie, y está habitada por unos pioneros que se presentan como no muy diferentes en lo esencial a los que colonizaban el Oeste americano, siglos atrás.

Todos estos relatos en torno a la conquista de la Luna me han gustado, además, porque son la base de una de las novelas que más me han gustado nunca, también de Heinlein: La Luna es una cruel amante.

Quizá hable de ella algún otro día. También me gustaría hablar de Historia del Futuro II, a ver si hay suerte y la encuentro.

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